NO ESPERES ENCONTRAR DULCES EN UN PANTANO LLENO DE FAUCES
Es difícil describir cómo, poco a poco, un cúmulo de situaciones desató en mí una enorme masa de sentimientos y emociones negativas hacia este sitio. Durante los últimos sesenta días, he experimentado unas ganas insufribles de meterme en un agujero muy profundo bajo las raíces de mi árbol preferido y no salir jamás, para no lidiar con las inverosimilitudes de este mugroso planeta.
Dejé de lado la única cosa que me ayudaba a lidiar con las idioteces del día: … escribir.
Pero mi larga y eterna pausa se convirtió en un bloqueo mental. Más allá de la falta de inspiración, se siente como una profunda intolerancia. Sin embargo, aun cuando suelo rendirme más de una vez, hoy me levanto para continuar con la estúpida esperanza del tonto optimista, ese que cree que quejarse cambiará en algo su absurda existencia.
¿No les ha sucedido que conocen nuevas especies que, al parecer, vibran con su mente, su alma y su ser? Seres con los que tienen cosas en común o que, simplemente, aparecen en el momento exacto en que necesitaban que alguien más empatizara con ustedes. Al final, seguimos siendo criaturas sociales; si nos roban la alegría, buscamos otras fuentes aún sin notarlo.
Pero cuando esos seres tan agradables mienten y engañan sin motivo aparente, vuelves a tu coraza. Te enfadas contigo mismo mucho más que la vez anterior porque, en el fondo, ya lo sabías. Quisiste creer. Quisiste tener la absurda esperanza de que hay más almas nobles de las que imaginas, y terminas adjudicándolo a la buena o mala suerte para darle algún sentido patético a lo que quizá tu logica no le encuentra explicación.
Hace unos días, en esta era de dinosaurios de plástico de la que les hablaba en mi entrada anterior, un duende —llamémosle Carl— me escribió para saludarme y ser mi amigo. O eso creí. No es que yo pensara en nada extraño, pero, viviendo siempre a la defensiva, nunca está de más marcar el terreno. Le devolví el saludo, él respondió con algo más, y pensé: «Qué raro, pero bueno, me gusta conversar». Así que le dejé claro que mi única intención era charlar y, quizá, encontrar a un amigo. Se ofendió al instante y no volví a saber de él jamás.
Me extrañó profundamente. No es que estuviéramos en un pantano de citas. Me genera repulsión saber que los duendes ya no te buscan para conversar, porque hoy en día, cualquier interacción parece ocultar una doble intención.
Después ocurrió en otra red. Una plataforma que, dato curioso, usamos los duendes que disfrutamos exponer nuestro arte e intercambiar reproducciones como muestra de aceptación (ya sea por pasatiempo o profesión).
Una duendecilla —digamos, Eve— me seguía. Estábamos en un círculo familiar dentro de esa misma red, apoyándonos mutuamente. Un buen día me escribió en privado. Conversábamos de arte, como siempre, cuando de repente empezó a lanzar el anzuelo. Fue muy explícita, algo que me dejó impactado, especialmente considerando que ni siquiera conoce mi verdadero rostro; en esa red solo expongo mi voz.
Es algo que no me esperaba, llevábamos meses en el grupo solo hablando de arte, por lo que, para frenarla, escribí:
—Perdón, Eve, estoy casado.
A lo que, para mi sorpresa, ella respondió con total descaro:
—Uyyy, casado… Mi debilidad. Yo también estoy casada.
Dejó como siete mensajes más acosadores después de eso. Decidí sepultar esa conversación y ahogar a ese gatito en el río. Pero es triste confirmar que ya no existen el respeto ni los valores. Sé que muchos pensarán en lo anticuado de mi respuesta, pero, ilusamente, creí que al ser una duendecilla de mi misma edad entendería el límite. Sin embargo, insistió.
Me dio un asco terrible. Es bien sabido en nuestra comunidad que ella tuvo una larga relación con otro miembro del grupo. A la fecha, ya no entiendo si ese era el marido o solo un cornudo más para su lista. Reitero mi postura: esta es una era de cascarones huecos en absoluta decadencia.
Quizá es absurdo hoy en día esperar una genuina amistad. Me sucede incluso con colegas de mi profesión, aunque ahí, al menos, entiendes que el interés es transaccional. Pero no deja de ser denigrante que se normalice este andar parasitario entre duendes. Todo es a cambio de algo.
A la lista de historias sumemos a Rudi, conocí a Rudi esta semana. Después de lo que pasó con Eve, fui tajante; le comenté que era casado, que estaba harto de que nadie fuera claro con sus intenciones y puse las cartas sobre la mesa de inmediato.
Él respondió sin titubear:
—Me agradas, VÆTTR. Prefiero que seas directo. Valoro esa honestidad porque yo también lo soy. Seamos amigos.
Estas historias no sucedieron necesariamente en este orden. Y si bien suelo enfurecer y relatar lo peor que me han dejado los siglos vividos, quizá aún pueda confiar en encontrar buenos aliados en este plano.
Hipocresías, lectores. Hipocresías vividas y malhabidas son las que habitan nuestro planeta el día de hoy. Aunque aún no pueda escapar de este sistema podrido, nadie me quitará la queja ni el gruñido estruendoso que libera mi alma y dibuja esa sonrisa malsana de ironía en mi mirada.
Inocente, inocente VÆTTR. Deja de comer algodones de azúcar bañados en deseos absurdos de historias infantiles con final feliz; entiende que no existe uno para ti.

Todos son falsos
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