EL ECO DE LA DEUDA: FACTURA DE UNA GRATITUD FORZADA
Así como la carne seca, que suele ser muy dura y por más que la mastiques y vuelvas a masticar no puedes simplemente pasar el bocado, tampoco puedes tragarte tu estúpida dignidad y pensar que sobrevivirás sin consecuencias. En una de tantas vidas como duendecilla, conocí de una forma amarga lo que realmente es el amor propio. Alrededor de mis quince años, comenzaba a experimentar lo que era el poder en su máxima expresión. El primer duende que se acercó a mí con ánimos de cortejo —cursi y simplón— me agradaba, pero no en el sentido que él imaginaba. Yo, al ser una duendecilla que creía merecerlo todo por el simple hecho de existir, usaba eso a mi favor. Entre regalos, adulaciones y préstamos, aquello se volvió un turbio baile de apuestas sin control. Él traía un obsequio; yo respondía con un “claro, pero después”. Él hacía cumplidos; yo solo sonreía y cambiaba la conversación. No era superficial, ¿cómo creen? Jamás lo sería… Yo creía ciegamente que las duendecillas debían comportarse a...