ANTIFACES Y SANGUIJUELAS



Tener una máscara es más común de lo que se piensa. En opinión de este duende, el 99.9% de los seres vivos contamos con una, y el que te diga que no, definitivamente miente.



Tener un disfraz es, en sí mismo, una mentira. Una de las cosas que más odia este duende es que nadie lo acepte: es pura supervivencia. Por más que digan que mentir es malo, usar un antifaz para ocultar nuestro verdadero ser ya es una falacia. ¿Cómo esperan que seamos cien por ciento sinceros, si el mismo mundo no está preparado para aceptarse así mismo?



Corría la época más inocente de este duende, aquella en la que tuvo que aceptar su propia verdad. La primera vez que lo noté fue en la horrible y asquerosa pubertad; desde ahí me persiguió por toda la adolescencia, la etapa más incómoda, molesta y tortuosa que un duende pueda vivir. Un tiempo rodeado de estereotipos, modas y reglas sociales que impiden que uno sepa qué demonios hacer con su propia existencia.



Como todo duende púber, pensaba en los cambios biológicos: ¿Cómo evolucionaría?, ¿sería más alto?, ¿me saldría acné?—¡No, no, no, no! ¡Este duende no!.



Este duende seguía pensando en la filosofía de las hadas, en el majestuoso mundo fantástico que lo rodeaba; le encantaba contemplar el bosque y maravillarse con las cosas extraordinarias que pasaban en él. Pero un buen día todo cambió, y esta vez ni siquiera fue por presión social.



Llegó una duendecilla que lo desordenó todo. Por alguna extraña razón, experimenté algo nuevo: quería agradarle a alguien. Desde que tenía conciencia nunca había sentido esa necesidad tan desagradable. Si alguien quería conversar con este duende, qué gusto, pero yo no iba a cambiar por nadie... hasta que, poco a poco y sin darme cuenta, comencé a construir esa careta: la del duende amable y sonriente que busca agradar.



Gran error, esa duendecilla engreída, jamás se fijó en mí. 



Después vino la adolescencia, con mucha más presión por tener “parejita”. Las hormonas duendiles estaban al por mayor y todos buscaban aparearse. No para mí... y ni siquiera era por aquella duendecilla que me rechazó. Para ese momento mis caretas se habían desarrollado: usé una nueva encima de la anterior para ocultar cuánto me afectaba lo que pensaban los demás. ¿Era feo o guapo? Ya no importaba. Me había puesto la máscara de: “no me importa lo que piensen los demás, háganle como quieran”. Sin darme cuenta, me convertí en un coleccionista asiduo al arte de formar caretas, ya que pronto tendría más de las que puedo contar en mi haber.


¿Recuerdan que en otra vida hice un experimento? Pues en esta me convertiría en el ratoncillo de pruebas de la tesis de alguien más. Podríamos decir que existe el karma, o que a toda acción corresponde una reacción; este duende malvado pronto recibiría una cucharada de su propia medicina.



Un buen día a mi hermana mayor —porque siempre me tocan hermanos, ¡qué fastidio!— se le ocurrió que su hermanito parecía estar muy solo. Ella jugaría con un par de duendecillos como si fueran sus muñecos nuevos.



Cada día recorríamos el regreso a casa en autobús público, un trayecto de al menos hora y media. Entre la variedad de pasajeros, casi siempre coincidimos con varios duendes del mismo colegio, entre ellos un par de duendecillas de mi edad que iban en otro grupo. A mi estúpida hermana se le ocurrió sentarme al lado de una de ellas. Como si fuéramos marionetas, nos juntó y, después de un gran silencio incómodo, soltó como estallido que hace crujir el hielo: —¡Vamos, háblense!



Ella y su amiga se encontraban tres lugares detrás nuestro y, entre risitas y suspiros, durante todo el camino mascullaban frases como: —¿No sería genial que anduvieran de novios? ¡Ay, qué linda pareja hacen!... 



Mis caretas se habían desplomado. Por un segundo me sentí como en ese sueño terrible donde estás desnudo en medio del salón. Al final terminamos siendo “novios” y, aunque eso estaba destinado a fracasar desde que inició, me repugna solo recordarlo. Sin deseo de estar presente en el universo, comencé a formar un antifaz combinado: “soy lo que esperan” fundido con un “acéptenme”.



Esta última careta es la más difícil que he tenido que cargar. Por más que he intentado reconstruir la de “¿qué me ves?, ¿qué te importa?”, la de “acéptenme” se adhirió a mí como una sanguijuela parásita. Y aunque aquella historia de romance experimental fue pasajera, me hice adicto a las máscaras. No como un paliativo, sino como una cura a un mal mayor: la defensa de esa vulnerabilidad que no quieres mostrar porque a los demás parece gustarles aplastar. Como si fuera un deporte maltratar al otro simplemente por ser él mismo.



Me acabo de acordar y me enojé de nuevo, así que por ahora me retiro. Volveré cuando mi estúpida mente me haga volver, buscando soltar las rabietas del día.

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