EL OPIO DEL GLAMOUR

Postal de la Torre Eiffel rota y desgastada sobre suelo de madera, simbolizando la decepción laboral y la toxicidad en el mundo de la moda.

Una vez más he venido con mi pluma; a dejar que la tinta se desborde y fluya el opio en mis palabras. No entiendo cómo los duendes esperan que uno siempre sea cortés y dé su mejor cara solo porque sí. 


A más de uno nos ha pasado: siempre está el duende positivo y feliz, y uno piensa que algo no encaja. No se puede estar sonriente todo el tiempo, y no es solo la envidia la que habla. ¿Cómo evitar los días grises, esos en los que no quieres ver a nadie? Nos juzgan por apartarnos del mundo, pero en realidad tratamos de ser honestos con nuestro propio ser. Durante mucho tiempo fui el desagüe emocional de los duendecillos a mi alrededor; esa empatía, a veces, suele ser una maldición. 


En esta nueva era de clics e IAs, es difícil no perderse en las máscaras de los otros. Por alguna extraña y estúpida razón que no quiero aceptar, los duendes siempre queremos pertenecer. Pero, cuando el resto nos ve desolados, la respuesta es inmediata: «conozco un buen psicólogo», «ve por tus pastillas al psiquiatra», «no es normal sentir tanta tristeza». No es que esté en contra de las ciencias de la mente, pero creo que al duende moderno le da miedo perderse en sí mismo. 


Los duendes tienden a mentir; a veces no son conscientes, pero en general no saben aceptar las derrotas de la vida misma. No puedes ir con un amigo a contarle un problema porque la mayoría no sabe qué hacer ni con sus propios demonios. Solo quiero decirles que no busco una solución: solo pido ser escuchado. Todo es artificial: fotos y videos falsos de lo que, en realidad, no somos. Y aun así, un día, quise pertenecer a ese mundo. 


Con el regreso de The Devil Wears Prada, me vino, como un déjà vu, una historia de mi pasado. Sí, ya sé —la mayoría de los trabajos son horribles, duende, no eres especial—; bien, pero les voy a contar que este fue el lugar más bajo en el que caí. 


Trabajé en un ambiente de glamour y estética donde la belleza es lo más importante; ese lugar donde "todas quieren estar". Por años anhelé pertenecer a un grupo como ese, oí el canto de sirena del marketing que te vende lo irreal del mundo de la moda. Los duendecillos aplastan a quien sea por llegar a la cima: eres mi amigo mientras me ayudas a escalar, pero después... ni te conozco. 


Entre los dramas y chismes que podría contar, sobra decir que todos se creen paridos por Zeus y Afrodita. Son duendes sin escrúpulos que hacen lo que sea por subir peldaños: te pisotean con una sonrisa falsa y te clavan la puñalada en la espalda en cuanto te das la vuelta, sin que les importe nada. 



Lo más duro que viví fue darme cuenta de que todo era una falacia, como llevaba tiempo con mi labor y ya entendía cómo funcionaba ese mundo. Al principio admiraba a quienes estaban ahí, pues creía que realmente hacían la diferencia, pero pronto vi la realidad: si necesitaban algo de mí, eran muy amables; si no, ni los buenos días me daban. En todos los departamentos pasaba lo mismo. Estábamos los "mortales obreros" y la mayoría de los demás, que eran las abejas reinas subiendo selfies y videos de las marcas, para escalar no había límites.. 



Vi pasar a muchos duendes que eran mis amigos. Nos confiábamos secretos, nos quejábamos juntos y, un buen día, subían un peldaño y... "si te vi, ni me acuerdo". En eventos, promociones y viajes, se colgaban medallas por trabajos que no eran suyos; robaban identidades. Imaginen una montaña de manos, cada una queriendo hacerse notar, empujando y apuñalando para que alguien —que ni sabían quién era, pero que los veía desde el cielo como la garra de una máquina de muñecos— los eligiera. 



La máscara del optimismo se apropió de mi ser. Aunque ese mundo no era lo mío, las ventajas de estar en él eran grandiosas; aunque fuera un eslabón débil, estaba ahí. Ese era el mantra optimista con el que me debía cegar para no pensar en nada más. 



El día que mi superior subió un escalón en la cadena, me dio una patada en el trasero y me escupió. Pero seguí optimista: estaba en la torre más alta, no había mejor lugar. 



Después, otra pieza más llegó al tablero y, pasado un tiempo, también me pateó. Esta vez luché. Empezaba a brotar en mí la rabia contenida de tanto tiempo; el deseo de mandarlo todo al maldito inframundo se hizo latente. 



Pero, una vez más, me volví a agachar. Regresé al optimismo. ¿Quién podría culparme? Adquiría estatus, poderes, tesoros... No podía perderlos; no quería perderlos. 



Pasó un tiempo más y me volvieron a patear, esta vez con más fuerza. Me aventaron desde la ventana más alta y me despeñaron al barranco.



El día que me despidieron y mi fortuna se acabó, me di cuenta de que el maldito optimismo no servía para nada. Merecía estar mal. Merecía haberme hecho caso, porque el mundo capitalista es horrendo y material; las fantasías siempre tienen un precio. Las brujas de los cuentos existen: solo se disfrazan hábilmente para ofrecerte manzanas hermosas de importación que, por dentro, siempre están podridas. 



El optimismo no es mi camino. La codicia y el deseo de riquezas corrompieron mi alma, encadenándome a un contrato que solo la parte contratante podría destruir. No hay libertad si te entrenan con premios como a un perro faldero: la cadena siempre le pertenecerá al que tiene el poder. 



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