EL ECO DE LA DEUDA: FACTURA DE UNA GRATITUD FORZADA
Así como la carne seca, que suele ser muy dura y por más que la mastiques y vuelvas a masticar no puedes simplemente pasar el bocado, tampoco puedes tragarte tu estúpida dignidad y pensar que sobrevivirás sin consecuencias.
En una de tantas vidas como duendecilla, conocí de una forma amarga lo que realmente es el amor propio. Alrededor de mis quince años, comenzaba a experimentar lo que era el poder en su máxima expresión.
El primer duende que se acercó a mí con ánimos de cortejo —cursi y simplón— me agradaba, pero no en el sentido que él imaginaba. Yo, al ser una duendecilla que creía merecerlo todo por el simple hecho de existir, usaba eso a mi favor. Entre regalos, adulaciones y préstamos, aquello se volvió un turbio baile de apuestas sin control. Él traía un obsequio; yo respondía con un “claro, pero después”. Él hacía cumplidos; yo solo sonreía y cambiaba la conversación. No era superficial, ¿cómo creen? Jamás lo sería…
Yo creía ciegamente que las duendecillas debían comportarse así, pero también me consideraba diferente. En otras palabras: solía ser una embustera vil. Aun así, tenía momentos de genuina empatía con aquel joven. De todos los duendes que me rondaban, por años fue el único con el que me gustaba estar; las pláticas filosóficas, el misticismo y la metafísica del universo y la psicología del ser me endulzaban más el espíritu que cualquier golosina.
Tanto fue el abuso de esta duenda que, sin darse cuenta, provocó que aquel gentil duendecillo maquinará una venganza que yo no conocería sino hasta un par de décadas después.
En el periodo de la universidad: iban y venían amistades, máscaras, duendes, identidades diversas e ideologías, y entre esos jaloneos del vaivén hubo baldes de agua fría; entendí que no podía ser así con las personas porque había consecuencias. Pero eso no quitaba que siguiera explotando mis facultades de chapucería, sonriendo para obtener beneficios sin dar nada a cambio. Después de todo, aprendí que me merecía el universo y era muy fácil; me parecía un reto.
Qué asco. Solo pensar en qué clase de duendecilla me convertí —la misma clase de la que hoy me burlo— me hace creer que los seres que habitamos este mundo somos una peste y que deberían aplicarnos la de Thanos.
Al llegar a la adultez y adentrarme en la meditación, comprendí que debía haber un equilibrio. Aunque una parte de mí lo odia, mi conciencia ganó y tuve que cambiar. Durante todo ese tiempo, aquel duende seguía ahí, él se volvió el amigo fiel, el hombro para llorar, el confidente a quien podías encargarle la vida.
Sin embargo, este duende amable estuvo rumiando el desdén de la duendecilla embustera. Entre préstamos y ataduras disfrazadas de bondad, nunca me negó nada, nunca pidió un pago; era implícito que todo estaba dentro de la amistad. Aunque él seguía, de vez en cuando, mostrando su interés romántico tal como oscila el reloj: con un tiempo, un ritmo y a su forma. Un día, esta duendecilla sintió, hasta cierto punto, lástima por él; le ofreció intentarlo y le abrió su corazón. Y entonces, el duende no quiso.
Como un reloj, la historia continuó. Yo me casé, seguí el curso natural del duende adulto y el "amigo leal" seguía ahí. Hasta que se agotó la batería y el péndulo se detuvo.
Me había quedado sin ingresos tras una crisis en la editorial donde trabajaba. Acudí a mi confidente, me queje amargamente sobre mi infortunio, todo parecía normal, hasta que unos días después él me vociferó que tenía un problema. Me pidió que, sin hacer preguntas, le ayudará prestándole dinero. Obviamente el dinero no me sobraba, pero él insistió en que era una emergencia. Yo tenía cuentas que pagar, pero no podía negarme; no después de años de sentir una deuda con el.
—Está bien, pero por favor, págame en la fecha que prometiste porque debo cubrir mis gastos —supliqué. —Sí, no hay problema. Solo unos días y lo tendrás, gracias —respondió él y colgó.
Jamás saldó su deuda. Dolió más el engaño que el dinero. Todo quedó como una gratitud forzada, con dejo de amargura que mi conciencia repetía: “Te lo merecías”...
Tarde o temprano todo se paga. Hasta luego, mis queridos lectores; este duende se va a refunfuñar al rincón. Nos leeremos luego, cuando mi estúpida mente me haga volver.

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