UN SUJETO, UN EXPERIMENTO

Este planeta es un sitio absurdo. A veces, la vida te escupe directo a la cara: tus plantas se mueren, una paloma te mancha la ropa justo cuando vas a la entrevista del trabajo de tus sueños y, para rematar, el casero te pide la madriguera. Todo el mismo día. Siempre hay caos, y los seres que lo habitamos somos aún peores; pero, extrañamente, adoro estar aquí y observar cómo nos complicamos la existencia.


Me remonto a una de mis tantas vidas, cuando era una duendecilla inocente y soñadora. Vivía en una madriguera a las afueras de una ciudad abarrotada y cursaba el cuarto grado de primaria en la mejor escuela de los alrededores y tanto dentro como fuera de las aulas, se me consideraba tímida e introvertida.


Dentro de casa, sin embargo, vivía mi propio infierno. A diario se me acusaba de ser una niña boba, de no estar a la altura, de no madurar como la sociedad imponía. Estaba harta de los insultos de mis hermanos mayores: ¿Qué duende te gusta?, ¿Cómo es que no te gustan los duendes?, ¿entonces no te vas a casar nunca? Todo seguido de risas y burlas.


¡Ocúpense de su estúpida vida y dejen vivir a los demás!


Esas preguntas me invadían, mi alma no sentía el menor interés hacia tales sugerencias; pero no podía apartarlas de mi cabeza. Yo era feliz con lo que tenía, no me preocupaba el futuro ni tenía pensamientos románticos hacia nadie. Pero tanto era el acoso que decidí hacer un experimento social: tendría un novio.


Debía encontrar un sujeto de prueba. Lo haría mi novio y estudiaría la conducta del duende y de mi entorno ante la situación: ¿Qué sucedería en la madriguera?, ¿yo qué sentiría?, ¿cambiaría en algo si actuaba "normal"?


Elegí al duende, mi amiga decía que “estaba bien” y, como siempre pasa, con tal de encajar pensé que sería lo mejor. Me acerqué a él en el recreo. Qué fastidio. La interacción social vacía me daba escozor, pero al mismo tiempo me sentía como una científica con su investigación. Le pedí que fuéramos novios. Era un duendecillo extraño, sin amigos, regordete y de mejillas rosadas. Asintió abochornado e inició el experimento.


Él no decía mucho, hacía todo lo que yo pedía sin chistar. Así pasaron los días: él me llevaba regalos y yo actuaba como creía que tenía que actuar. Mi observación de otras parejas me había dotado de una seguridad innata.


Pero, ¡qué duenda tan manipuladora, controladora y tóxica fui! ¿Qué me daba el derecho de tratar a alguien así? El solo hecho de ser hembra me lo permitía. El pobre duende se había enamorado y yo solo lo tomé como hámster de laboratorio. Hasta el día de hoy, aborrezco esa etapa de mi vida.


A la mitad del experimento, hubo un momento  determinante en mi vida, nos encontrábamos en clase, teníamos un profesor joven, recuerdo que era tan apasionado con las asignaturas que al día de hoy no he tenido otro maestro como el. Aquel día, en pleno debate —perdón que no les cuente sobre qué, pero recuerdo que fue sumamente aburrido—, el hartazgo me ganó. Levanté la mano y solté:  


—Profesor, seguro es sumamente interesante lo que dice, pero... ¿no se da cuenta de que estamos cansados? Es la última hora, nadie le presta atención. ¿A quién le importa todo eso? Al menos en esta clase, no.


Dentro de mí, la voz de mi conciencia retumbaba al mismo tiempo que ya había vomitado mis palabras. Aunque odiaba muchas cosas, jamás las decía… pero ese día en particular, mi límite de amabilidad se había agotado con toda la energía que me robaba el experimento, y simplemente salió mi verdadero ser.


Después de que intentó explicarme la importancia del tema, lo que más me marcó fue la ironía con la que el profesor repitió mi frase: —¡Claro, a quién le importa!


Algo pasó en mí. Se despertó un interés genuino por el mundo, por lo desconocido, por luchar contra causas justas y no callar nada. Entendí que mi experimento había concluido. Había sido una estupidez ir en contra de mí misma solo por encajar.


Ese mismo día papá duende nos dio la noticia: había que mudarse a un poblado más tranquilo. Entre cierre de año, papeleos y apretones de mano, concluí "mi proyecto".


…Creo que le hice más daño del que hubiera podido imaginar. Y quizá por eso, casi veinte años después, cuando me lo volví a cruzar, sentí el peso de aquel experimento. Es irónico cómo una estupidez infantil puede perseguirte veinte años después, recordándote que, por querer encajar en un mundo absurdo, terminas perdiéndote a ti misma.


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