ENTRE FESTINES Y ESPINAS
¡Ah, la nostalgia del Día del Niño! Suele ser el tema obligado este mes.
Ayer se subían fotos de la infancia en las redes y se recordaban momentos felices; hoy, toca volver a la fría realidad de un pasado que no volverá. Pero, ¿por qué añoramos tanto aquellos días? Quizá porque, ahora de adultos, sabemos que nuestra vida era más sencilla, o quizá porque ahora nuestra realidad se siente tan difícil, como esa carga que muchos llevan a cuestas: deudas, gastos, familias que alimentar, sueños no cumplidos. En comparación con aquellos días de juegos y risas, cualquiera preferiría volver.
Yo me pregunto: ¿por qué nadie recuerda lo difícil y cruda que puede ser la niñez? Romantizamos tanto el pasado que olvidamos que, cuando lo tuvimos, no lo valoramos. Al contrario: muchos soñábamos con crecer y alcanzar un mundo que no conocíamos y ahora, arrepentidos estamos. Eso no solo pasa con la niñez; pasa con todas las etapas de la vida.
Cuando vemos el pasado como herramienta del presente, no siempre encontramos lo que esperábamos. Por muy positivos que solamos ser, siempre hay alguna herida sin sanar.
Les contaré otra breve historia de mi niñez que me ha ayudado a sobrellevar esta vida de duende resiliente donde no todo son cuentos de hadas, pero aun así, se sigue soñando.
Entre vagos recuerdos de la infancia, había un pequeño duende soñador. Las carencias crean necesidades y las necesidades, para algunos, son una ventana de oportunidad para alcanzar lo inalcanzable. Este pequeño duende no tenía muchas cosas. Volvamos a la primera madriguera, donde yo era el menor de seis hermanos: vivía de herencias tanto materiales como psicológicas y carecía de atenciones.
Un día, como muchos otros, el duende fantaseaba con un juguete nuevo. De esos que se hacen tendencia y que, de niño, no sabes cuánto cuestan, pero te imaginas que ha de ser mucho por la cara que ponen tus padres cuando lo pides.
Llegaba el día de otra festividad más: esa que ya conocen, donde un sujeto extraño y gordo que nadie ha visto jamás —pero en el que muchos creen— entra mágicamente en las casas y deja obsequios a los niños «buenos» en época de invierno. En mi madriguera nadie creía en él, pero este pequeño duende había oído tanto de sus hazañas que, en su inocencia, pensó tal como Peter Pan y los niños perdidos: «Si yo creo, él vendrá, porque soy bueno».
Ya saben cómo termina la historia. Este duende apostó, creyó y ese viejo panzón jamás llegó.
Triste, ¿no? Desde entonces comprendí, a mi corta edad de seis años duendiles, que las cosas no suceden por arte de magia y que los cuentos de hadas son solo eso: cuentos. Aunque extrañamente eso no me hizo dejar de soñar; lo único que pasó es que, en mi lista de intereses exóticos, el viejo panzón con traje rojo quedó tachado para siempre.
Pero había otros cuentos, otras historias y otras leyendas que seguir. Este pequeño duende no se daba por vencido. Tal parece que la inventiva para cubrir mis necesidades desbordaba mi imaginación, por lo cual seguí cazando otras historias.
Al año siguiente llegó otra festividad que, en lo personal, es de mis fantasías favoritas: el Día de Muertos y Halloween. Como todo niño curioso, me encantaban las historias de fantasmas, pero al mismo tiempo moría de miedo al escucharlas y, a pesar de eso, siempre las buscaba. Ese 31 de octubre cambiaría mi forma de celebrarlo.Como cada año, mis padres nos prohibían ver programas de terror o asistir a fiestas del tema; consideraban que no era provechoso. Sin embargo, aquel día no sé qué pasó ni cómo lo consiguieron, pero mis hermanos lograron ir a una de esas fiestas con sus disfraces y todo.
Yo estaba furioso. A mí no me habían llevado, tal como conté antes, me sentía igualito a Dewey de Malcolm in the Middle.
Así que planeé mi venganza. No solía romper las reglas, pero esta vez la sangre me hervía en las entrañas y sentía que alguien debía pagar.
Mi elaborada venganza, a mis casi siete años, fue desobedecer la regla de oro: ver programas de terror. Entrada la noche, cuando mis padres se fueron a recoger a mis hermanos, me colé a hurtadillas y encendí la televisión. Pero no fue en la sala, no. Mi plan era algo mayor: entré en la habitación de mis padres, el lugar prohibido cuando ellos no estaban en casa
Estaba ansioso, no sólo rompía las reglas, también estaba haciendo algo que jamás imagine tener el valor de hacer. Y lo que no está permitido produce un extraño pero increíble placer. Ahí estaba yo, en mi primera etapa de rebeldía, a altas horas de la noche, desafiando al sistema… cuando de pronto:
Escuché un ruido. No tenía el volumen alto, pero sonó extraño. No tenía vecinos cercanos y, aunque trataba de darle una explicación… ¡Un estruendo al unísono! En la película, la víctima del asesino acababa de encontrarse con su ejecutor. El grito me sobresaltó tanto que, como todo niño, me tapé con las cobijas y solté un chillido.
—Es la película —pensé.
Traté de poner atención de nuevo, pero ya no podía dejar de preguntarme si lo que sucedía fuera del televisor era real. Cambié de canal al instante; pasé de las noticias a uno de esos programas aburridos que los adultos suelen ver y… de nuevo el ruido. Me asomé a la ventana. Sonaban como pisadas en el techo de la casa…
—Duende, ya te perdiste en la historia de terror.
—Sí, perdón. Es que lo recordé como si fuese ayer. Esas cosas también te marcan.
El punto es que, al final, mi supuesta venganza no surtió el efecto esperado. Aprendí que cuando somos niños solemos ver la vida entre juegos y fantasías, pero cuando te sales del rol, aprendes a la mala que el mundo es una maldita falacia llena de mentira y falsedad.
Aunque vale la pena vivirlo, el camino es tortuoso. Así que, cuando publican sus recuerdos de infancia, yo me pregunto: ¿están seguros de que todo fueron golosinas y nubes rosas? ¿No recuerdan las terribles espinas que los traumaron?
No romanticemos festividades. Ojalá entendieran que todo es un plan del monopolio y el marketing. Mejor disfrutemos de los momentos reales por difíciles que sean; es un festín caminar este sendero de espinas. Si vamos a añorar, que sea con la convicción de aprender de todo a nuestro alrededor. ¡Qué capricho querer hacerlo todo positivo! Si hoy son quienes son, es también por lo mal que les fue, ¿o no?
En fin, ahora no sé a qué le tengo más miedo: ¿al asesino que masacra en una película de horror o darme cuenta que sigo esperando un regalo sorpresa que nadie prometió?

🧟♀️
ResponderEliminar