DINOSAURIOS DE PLASTICO

Escena sombría de figuras de dinosaurios de plástico en un bosque oscuro, metáfora visual sobre la invasión de las redes sociales en la vida real.


Esta vez la demora quizá ha sido larga, aunque para mí fue eterna. Quiero contar que este duende está un poco harto, fastidiado y algo cansado de este nuevo planeta tan mundano que se está reproduciendo hoy en día como mitosis masiva, a un ritmo tan acelerado que ni siquiera da tiempo alguno de disfrutar la vida misma.


Recordando a los posibles nuevos lectores (y a los actuales) que, a pesar de que soy un duende, aquí no hablamos de historias fantasiosas ni de relatos míticos llenos de personajes mágicos y realidades tan bellamente retratadas que nos permitan escapar a un mundo paralelo mientras disfrutan una taza de la bebida de su elección de su tienda snob preferida. 


En esta sala de espera me encuentro yo, VÆTTR: un duende gruñón que solo se pone a contar historias para soltar sus rabietas sobre las múltiples vidas que le ha tocado pasar en este planeta absurdo. Por alguna razón me encuentro varado dando saltos entre diversas existencias, pues tal parece que aún no he aprendido mi lección y no me dejan descansar.


Así pues, si aún quieren quedarse a verlas y refunfuñar conmigo de las cosas extrañas, insufribles, pero tan absurdamente maravillosas que se viven en el plano astral de esta galaxia, continuemos entonces… 


Les contaba acerca de mi agotamiento mental sobre la era actual. Si bien no estoy en contra de la

evolución y me siento fascinado por estudiarla y vivirla día con día, hay cambios en la sociedad que me perturban y hacen rugir mis entrañas, pues hay muchas cosas a las que, por más que analizo, no les encuentro sentido alguno.

 


Por nombrar algunas les contaré: hace tiempo que las redes sociales susurraron en mi curiosidad y me generaron cierto gozo, pero poco a poco termine viendo solo el espejo de la hipocresía y la crueldad duendil. 



Acá no hablo de todos los duendes del universo, aunque sí de una gran mayoría. Tuve el infortunio de dedicarme a un oficio que implicaba dichas herramientas; las conozco bien, sé que en diversas tierras y hemisferios evoluciona a cada segundo. Para mí eso fue fascinante… 



Pero ahora me pregunto: ¿qué diablos tienen algunos duendes en su cerebro? Las caretas ya no son necesarias, pues ahora solo te escondes tras la pantalla. 



Ahora todos son eruditos en todos los temas, todos son artistas, todos son científicos, todos saben todo. Con tanta información y desinformación, nuestra razón a veces no sabe qué creer. En lo particular, yo sigo aferrándome al instinto, porque en ese laberinto de estupideces uno se puede perder.



A eso pueden sumarle que las famosas tendencias son los nuevos vendedores de humo —tan antiguos como la vida misma— cosas que generan deseo y necesidad de pertenecer. Humo que se esfuma con el viento, nada más. 



—Bueno, duende, pero ya cuenta el chisme. Mucho preámbulo y nada de cuento.


—Si hasta yo me cansé de la rabia de hoy…



Un día como cualquier otro, retomando mi arte, se me indujo a volver a los reflectores para crear ese humo tendencioso que dice: «mírenme, aquí estoy». Es irónico tener que venderse como una duendecilla cualquiera. 



Cuando eres un duende de ideas, empiezas a no encajar en los grupos; y en este buscar empatías, terminas cediendo al vacío de la primera capa de la superficie: esa que cubre el plástico sin valor de todo el ganado. 



Se me orilló entonces a adentrarme en las redes sociales y postear y publicar máscaras de lentejuelas y ponerle moños de moda para poder dar a conocer mi oficio.



Lo que provocó un efecto bastante curioso. En mi vida he conocido a duendes de todo tipo y no a todos se les vuelve a ver; son pasajeros efímeros conforme la temporada duendil lo designa. Pero esta vez, como plaga de insectos, empezaron a posarse uno a uno: duendes a los que en años no se les había visto, pseudoamigos de los que ni siquiera un saludo esporádico se recibía. 



Y ahí estaban, revoloteando en la red, con la curiosidad mórbida de no saber el significado de lo que publiqué, pero atraídos por un reflector que parecía interesante a su entender. En un instante me llené de corazoncitos y mensajes de entes casi desconocidos para mí:  


«Hola, Duende, ¿qué haces?»

«Oye, Duende, ¿en qué andas?»

«¡Uy, Duende! Eso se ve bien, ¿de qué va?»


He de decir que algunos ni el saludo daban: iban directo al chisme.


Lamentablemente, para mi oficio actual no puedo darme el lujo de desaparecer de la red a causa de un simple berrinche, aun cuando odio sus olas de hipocresía. 


Entiendo que las herramientas tecnológicas eliminan distancias y logran hitos importantes en la historia evolutiva, pero mi mayor rencor hacia ellas siempre será lo peligrosas que son al permitir la falsedad y sacar lo más horrible de un ser.


Deseo que lo aesthetic no se vuelva ley universal y un día se esfume como lo que es: simple humo. Ojalá que muy pronto los seres de este planeta dejen de convertirse en pequeños dinosaurios de plástico —manipulables, huecos y moldeados en serie— para que un día regresen a vivirse a sí mismos fuera de esas pantallas devora-almas.


Mientras tanto yo prefiero ser un duende extinto que un juguete de fábrica en la repisa del sistema.


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