¿VERDUGO O DIFUNTO? VIDAS NO VIVIDAS
Algunos le llaman crisis de la edad; otros simplemente terminamos refunfuñando en un blog porque nos sentimos vacíos o creemos que algo más hace falta para darle saborcito a la vida.
Por ello, en esta ocasión escribiré sobre cuando nuestros sueños no se cumplieron como lo queríamos y como terminamos siendo parte del sistema para sobrevivir en él.
De nuevo, todo comienza en nuestra infancia. Es ahí cuando desarrollamos nuestras capacidades y abrimos nuestros sentido al mundo; comenzamos a soñar despiertos en el presente e idealizamos el futuro. Jugábamos a fantasear con las cosas increíbles que nos maravillaban o las invenciones que brotaban de nuestro ser.
En incontables vidas, siempre fui un duende visual y kinestésico, soñador y apasionado.
Amaba contar historias que representaba con muñecos y amigos imaginarios; las escribía, las dibujaba y las narraba a un público lleno de duendes y personajes ficticios.
Mientras crecía, la misma sociedad de la madriguera quería catalogarme y adentrarme en su engranaje, así que me orillaba a elegir un oficio.
—¿A qué te dedicarás, duende?
¡Qué rayos sé yo! Solo tenía seis años. Pero esa semilla, sembrada en mi necesidad de complacer para encajar en un grupo, me hizo desarrollar una ambición que no quería, pero que ya me habían desbloqueado. El pequeño duende de diez años ya se planteaba un futuro prometedor donde todo era perfecto y feliz; si bien no acabaría con el mal en el mundo, haría algo bueno por los que habitaban en él.
Soñaba con dar felicidad a los otros mediante mis historias, así que descubrí las bellas artes, consideradas solo por unos pocos, como una real forma de vida. Estaba decidido a dedicarme a cualquier cosa que tuviera que ver con el arte, mediante: música, escritura, escultura, danza, cine o teatro.
Hasta que llegó el sabotaje del mediocre sistema sociocultural en el que siempre hemos estado sumergidos:
—No, duende, eso no es un gremio de provecho. —No, duende, de eso te vas a morir de hambre.
—Duende, escoge algo que te haga ganar mucho oro.
En la madriguera el oro siempre ha sido más valorado que la vida misma; es lo que hace que un duende sea mucho más respetable, si tiene montañas de ese mineral dorado se consagro en la vida.
A mi no me importaban los objetos brillantes; yo quería provocar felicidad y sentirme feliz al hacerlo. Mientras crecía lo hacía como un hobbie, o eso le decía a mis padres.
A la edad de elección de carrera u oficio, durante una plática en la sobremesa, lo escupí como hueso de ave atorado en la garganta. Cuál si fuese escala musical desafinada, inicie gritando:
—¡Ya he decidido qué quiero hacer con mi vida...! —fui bajando el tono cada vez más—. Yo quiero ser…
—y mascullando entre sílabas, rematé—: …Artista. Bueno, así se nos llama.
Y agaché la mirada sin saber dónde esconderme. El silencio se apoderó de la mesa. Mi padre empuñó sus manos y golpeó la madera tan fuerte, que los cubiertos salieron volando por todos lados. Madre solo reaccionó de susto y, cuando busqué su mirada de apoyo, se apresuró a recoger los objetos del piso. Nadie dijo nada durante un buen rato; mis hermanos rompieron el hielo bromeando sobre otro tema y yo me levanté como si nada, aunque huyendo a hurtadillas a mi lugar seguro.
A pesar de que no tenía apoyo ni económico, ni moral, decidí seguir con mis deseos, mis padres decían que moriría de hambre y que desistiera, pero no escuche.
Pasado algún tiempo, después de tanto vagar por diversas tierras, llevando siempre mi arte y una sonrisa en el rostro, la felicidad se apagó. Llevaba un tiempo sin alimentarme bien, todo el tiempo tenía que huir de los alquileres por falta de recursos. Y mis padres seguían repitiendo la misma oración: estudia algo que te dé oro.
Después de un tiempo y durante una semana terrible, cuando los aplausos no llegaban y las puertas se cerraban, mi estómago hizo tanto ruido que, como decía la abuela, una tripa se comía a la otra. Decidí dejar el sueño. Esta vez haría lo que todos decían; al fin y al cabo ¿qué más podía perder?
Empecé a trabajar por unas cuantas pepitas doradas. No amaba lo que hacía, pero pagaba el alquiler y me alimentaba. Con el tiempo me fui haciendo más hábil; cursé unos estudios tradicionales y me gradué y, aunque cambiaba de empleo constantemente, cada vez ganaba más oro. Cuanto más oro acumulaba, más me olvidaba de aquel duende soñador.
Enterrado en el fondo de un abismo se encontraba ese duende artista; lo había sepultado tan hondo que ni recordaba que existía. Un día normal, como cualquier otro, mientras observaba los aparadores repletos de baratijas costosas que ahora podía comprar, un pensamiento rondaba mi mente: «¿Eres feliz?». Y así como a la nada lo ignore.
Pasó el tiempo. Compraba más cosas, viajaba a tierras lejanas y observando los majestuosos paisajes de otros continentes me llegó de nuevo la frase: «¿Eres feliz?». Como si fuese un mosquito volando en mi oreja solté:
—¡Sí!
Grité tan fuerte que todos los duendes a mi alrededor me vieron raro, y salí huyendo.
Desde entonces, ese pensamiento jamás me abandonó. Filosofaba por lo menos dos o tres veces al día sobre si realmente lo era. No lo tenía todo, pero ya no había carencia; me había mimetizado con el engranaje del sistema y, si ya podía disfrutar de las comodidades que compra el oro, ¿qué más me daba?
¿Pero por qué me seguía persiguiendo ese maldito pensamiento? ¿Eso era la felicidad? Y entonces lo comprendí: el duende soñador había vuelto. Creí que podría apaciguarlo con un par de placebos, así que entré a talleres nocturnos convencido de que solo eran pasatiempos, de que esas ideas infantiles de mi pasado eran eso y nada más. Después de todo, este duende adulto y maduro ya lo había comprendido todo.
¡Mentiras! ¡Falacias! ¡Juegos mentales! ¿Cuántas veces maté a ese duende? Llevaba años apuñalándolo y desangrándolo hasta que murió.
Lo había comprendido todo: comencé a sentirme tan mal, que entre más despertaba mis pasiones a través de esos "pasatiempos", más incrementaba mi dolor interno. Había perdido a un ser amado y no lo sabía: me había perdido a mí mismo por sobrevivir a un sistema económico que terminó absorbiéndome, atrapándome en una montaña de oro como al dragón Smaug. En una fría y solitaria fortaleza de objetos costosos y vacíos que no me hacían feliz.
Así que comencé a compartir todo lo mío, y tratar de revivir a mi pequeño duende artista, pero nada parecía funcionar. Hasta que un buen día, la suerte o el destino vino a mí a golpearme el rostro. No eran solo hobbies, no era “madurar”, ¡duende estúpido, arrogante y engreído!. No eres un sabelotodo que tiene todas las respuestas; eres un ser sensible y de sentimientos que no se pueden enterrar porque son parte de ti y siempre te perseguirán. No puedes combatir contra ti mismo.
Sí, el maldito sistema te comió, pero aun estás vivo, y no puedes seguir siendo un despojo de duende troll que actúa en automático programado cual autómata… Un autómata que, al final fue desechado por el mismo sistema cuando busco de nuevo su yo interior.
Pues, mientras todo esto pasaba, lo despidieron. Ya no ganaba oro, pero buscaba de nuevo su corazón.
¿Pero qué rayos pasó? ¿Por qué el sistema no quiere que seamos felices? ¿Por qué buscar las pasiones es un privilegio reservado solo para unos cuantos que heredaron riquezas y no tienen que preocuparse por nada más? ¿O es acaso que hay que buscar el equilibrio entre el oro y la pasión para lograr la felicidad completa? siendo esto ultimo un acto casi imposible de realizar.
Honestamente, sigo en este bucle de vidas alternas, descubriendo y reanimando a la segunda versión de mi pequeño duende artista feliz, convirtiéndome en el maestro kintsugi de mi propio ser. Solo espero que las cicatrices no se venguen de su verdugo; no por venganza en sí, sino como una consecuencia de los actos, pues la memoria jamás olvida.
Como un nuevo acto de filosofar sobre el tema, sigo sin comprender mi lugar en esta u en otras vidas, pero sigo odiando en cada una de ellas la desventura que se nos obliga a vivir. Sin embargo, esa misma desventura es la que se busca y la que le da sazón y saborcito a la existencia. Quizá me he vuelto un duende refunfuñón por puro placer y masoquismo, pero, al final, siempre elijo revivir la vida no vivida.
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