CAJAS ETERNAS: ATAÚDES Y VIVIENDAS
Quizá la siguiente historia no tenga mucho que ver, pero para otros lo tenga todo.
En diversas regiones, el duende ha tratado de pertenecer y encajar; ha buscado un refugio de los depredadores y un techo para cubrirse de las amenazas del clima en la naturaleza.
Una madriguera llamada hogar siempre es imprescindible, aunque muchas veces no se sepa del todo el porqué. En la búsqueda de nuestro propio ser, podemos darnos cuenta o no.
En esta búsqueda interna en la transición de la juventud a la adultez duendil —donde tomamos decisiones sin sentido que mucho más adelante cobran factura— pasamos por muchos lugares y muchos tipos de criaturas, a quienes podemos amar u odiar con cada fibra de nuestro ser.
Les contaré que a mí me hubiese gustado seguir siendo nómada. Hubo un tiempo donde volví a mi yo primitivo y anduve de un refugio a otro. Yo no podía llamarles hogar, tampoco sabía muy bien qué eran.
Lo único real es que me cubrían de las inclemencias del tiempo y eran un sitio donde descansar tras un largo día intentando siquiera ganarme la vida en diversas labores y oficios en el entorno urbano.
Mientras perseguía los sueños y anhelos de aquella etapa, debía cubrir mis necesidades básicas. Fue entonces cuando me topé con el maldito sistema capitalista que mueve a la sociedad duendil.
Hablo de esa desagradable sensación de grito ahogado que sientes cuando recibes tu primer pago, tras jornadas enteras de trabajar arduamente esperando la jugosa recompensa prometida al vender tu alma por esas pepitas de oro que compran bienes, servicios e insumos para vivir.
O «malvivir», diría yo. La primera vez que cobré me di cuenta de que el oro recibido no equivalía a la energía ni al tiempo invertidos.
Para colmo, te desglosaban no sé cuánto disparate enlistado, justificando el porqué de tu miserable pago.
La frustración más grande de la vida, o entre las más grandes.
Eso me llevó a pasar por más de un empleo buscando un futuro mejor porque, claro, la cueva en turno siempre se caía a pedazos, no resguardaba del frío, o tenía vecinos horrorosos.
Pero uno de los peores casos que tuve que soportar fue que mi casero viviera en la misma propiedad.
¿Saben lo que es pasar a hurtadillas a tu propia habitación pagando por ella? Te rompes el lomo para tener un «hogar» y al final solo puedes costear un pedacito de roca dentro de la madriguera de unos vetustos que ni de tu estirpe son.
Se sienten tus dueños solo porque no tienes otra alternativa. Es eso o volver a los árboles a merced de las bestias.
Y hablando de vecinos, alguna vez me tocó el famoso roomie. Seguro a más de uno le suena la historia: te venden el ideal de que si compartes gastos con duendes de tu edad todo será una utopía compartida.
¡Embustes! Al tercer día ya te robaron la leche de unicornio que encima marcaste con tu nombre para que nadie fuera a confundirse. Y no seas malpensado, duende...
¿O qué tal cuando vaciaron tu alacena y ni siquiera te avisaron? Se sacuden la culpa con un simple: «Ay, duendecito, yo lo repongo». Cosa que nunca hacen; siempre se salen con la suya.
Te repites el mantra, nomás para aguantar el rato: «Ya mejorará» o «pronto me iré a un lugar mejor».
No obstante, te mudas. Al principio todo es como andar en las nubes, hasta que de repente te toca chutarte al de al lado en plena faena salvaje.
Y tú ahí, atrapado, sin audífonos y con un muro de galleta por pared donde todo se escucha. No hay forma de huir; tu cuarto es el del fondo y sentirías más vergüenza ajena que ellos si te atrevieras a cruzar el pasillo para largarte de ahí.
Te aferras a tu vieja radio de bolsillo, tratando de concentrarte en la música ahogada por la estática y en los comerciales de la única estación que sintoniza tu insignificante dispositivo.
Mientras tanto, te preguntas por qué esos hijos de su mugriento progenitor duendil no bajan la voz o, ya de plano, por qué no le suben al televisor que ellos sí tenían.
Así va uno pasando de cueva en cueva, soñando con algún día tener la propia para poder decirle a tu casero: «Vete a la colina más lejana y piérdete por siempre, anciana».
Cuando juntas las pepitas suficientes para buscar tu lugar en el mundo, te topas con el mismo muro. Un listado enorme de puros disparates burócratas para justificar cómo le suman ceros a la cantidad de oro que debes invertir por unos cuantos metros de tierra, lejos de caseros molestos o compañeros insufribles.
Y finalmente te desangras una vez más, vendiendo tu alma al diablo a plazos con tal de tener el espacio soñado.
Empiezas a buscar propiedades bajo las condiciones que puedes pagar y te das cuenta de la estafa: el espacio es igual de diminuto que las habitaciones de las que huías. ¿Es que este círculo vicioso no termina? Ya no hay intermediarios, pero sigues atrapado en un cuadrado de dos por dos.
Una diminuta caja que, más que hogar, te recuerda al ataúd que compraste para morir.
Y todo termina ahí: atrapado entre rentas o deudas impagables por espacios reducidos que solo hacen ganar a los señores feudales de siempre. ¿Cómo no gruñir entonces? ¡Maldita sea mi suerte!
Al final la culpa es nuestra. Si somos más los que menos tenemos, ¿por qué en vez de estar de hambreados hambrientos y envenenarnos con quien puede más, no somos empáticos y buscamos esa utopía del bien común?
Jamás los comprenderé, roedores de almas y rapiñas de energía.
Mientras tanto, algunos seguimos picando piedra en distintas minas a cambio de rocas brillantes para, un buen día, quitarnos el grillete. Luchamos por liberarnos y alcanzar un hueco en una madriguera flotante.
Reflexiono y me pregunto si vale la pena luchar tanto por un ataúd arriba, si después habrá que pagar también por otro, mucho más pequeño, para terminar abajo.
Al término del viaje solo cambiaremos de caja. Invisible o no, una simple caja al final de cuentas.

El tema es siempre pagas
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