VENDE TU ALMA POR UN CENTAVO
Hoy les hablare de los mercados de amistad y las falsas promesas que envuelven a los famosos: “Networking”, “Tener contactos”, “PR Relationship”, “Palancas”, “Conectes” y cuantos nombres más conozcan al respecto, que han convertido las relaciones sociales en un oferta demanda de mercados bursátiles.
Son incontables las veces en que en estas vidas he tenido que estar negociando falsos intereses, que ni siquiera tengo, para poder llevarme bien con mi jefe actual, el próximo, el que está en el puesto que quiero o incluso los nuevos profesores, dueños o inversores de algún lugar. Y es que esto no solo se ve en un trabajo, lo vemos en todos los ámbitos, y sin darnos cuenta desde siempre se nos han presentado, pero ya se han vuelto tan necesarios que esas capas de identidad de las que hemos hablado se vuelven herramientas del día a día.
Si bien a temprana edad solo era por encajar en el grupo, prestabas tus crayones y le entrabas a todo por agradarle al popular, en la vida adulta, traicionas a tu propio ser a diario mintiendo por convivir y ¿para qué? Eso no te garantiza el ascenso, no te garantiza ser el mejor emprendedor o ser el estudiante sobresaliente de la clase. No puedo discernir si este es un mal que ya llevaba tiempo y no lo notabamos o si ya existía pero hoy en día se exponencio tanto, que los verdaderos talentos ya no sobresalen por méritos de tan contaminado que se volvió el sistema.
Les contaré algunos ejemplos en los cuales en diferentes etapas de mis vidas pasadas, tuve que encontrarme con dilemas “morales”, si es que es el término correcto para decirlo, donde tuve que traicionar a mi propio ser por obtener tan solo unas migajas de aceptación y empatía que estuve seguro me llevarían al éxito, y sin embargo, fue todo lo contrario.
En la adolescencia, en una era en la que fuí una duenda muy inocente y de baja autoestima, quería agradar a todos, en grados anteriores no contaba con muchos amigos así que en la preparatoria estaría dispuesta a cambiar mis estándares para poder relacionarme con otros. Ya saben que paso, traicione mis valores y creencias personales por seguir a la popular de mi curso…
Estaba tan necesitada de ser aceptada que me salía de clases, bebía, me drogaba, en fin todos los clichés que imaginen, y sin saberlo ya estaba en un ambiente de groupies antes de los dieciocho años. Una parte de mi sabía que algo no andaba bien, me sentía mal todo el tiempo por lo que hacía, pero a la vez se sentía tan bien ser parte de algo. Lo que no sabía es que a la primera de cambio nadie estaría a mi alrededor para ayudarme.
Llámenlo madurar, pero esa uva se convirtió en vino antes de entender que vender tus convicciones no sirve de moneda de cambio, pues a la mala comprendí que en realidad ese grupo de personas “cool” no eran mis amigos ni me apoyarían en un momento difícil, que ninguna de esas falsas personas se quedaría, y a pesar de que yo lo sabía, me tarde otros veinte años más en realmente aceptarlo.
Cuando fui un duende artista, me encantaba modelar en arcilla mis alocados pensamientos en figuras que cobraban vida a tantas cosas que no sabía o podía decir con palabras. Nunca supe realmente cuál fue la causa de lo que pasó, pero jamás olvidaré como me hizo sentir.
Acudía a un taller de escultura no muy lejos de la madriguera; el concepto de taller era nuevo para mí, pero empató con mis deseos de libertad y el maestro que nos daba era muy empático y sensible a las necesidades de cada alumno.
Pero no todo era bello, la directora y dueña del lugar, era una duenda peculiar, con tantos problemas a cuestas que sentía la necesidad de permanecer en el taller todo el tiempo; se hizo alumna, pero a la par no dudaba en imponer su autoridad cada que podía hacerlo. Aunque su fachada no era tiránica dejaba entrever que el dinero era antes que el arte.
Sin notarlo, fui presa de sus varios ataques pasivo-agresivos, siempre sigilosa pero furtiva.
—Qué linda tu pieza, ¿qué significa?
Y tras mi respuesta, no importa cuál fuera, había un atisbo de negrura en sus ojos, seguido de un «Ah, qué padre…». Después de observar sus conductas narcisistas, me di cuenta que todas las piezas que presumía y de las cuales incluso había enviado a concursos internacionales, el maestro le hacía gran parte del trabajo. Entonces ¿era envidia?
A esto siguieron ataques más intensos; poco a poco me excluía de actividades externas, me daba horarios inventados y yo llegaba tarde a todos los eventos.
—Ay, perdóname no me fijé —decía, aunque casualmente solo pasaba conmigo.
Deje pasar muchas cosas, y en mis intentos de hacer buenas relaciones me tragaba todas las ofensas; trataba de llevarle regalos, me esforzaba por ser muy amable y complacerla pero nada parecía funcionar.
Las agresiones llegaron a tal grado que, después de un año de ser cliente asiduo, se paraba en la puerta sin dejarme pasar, antes de la salida, para cobrarme. —¡Como si fuese yo el único alumno!—, en mi cara cobraba cuotas diferentes a mis compañeros o les dejaba pagar cuando querían y como querían. Me enteré de que hubo alumnos antes de mí que se fueron por tratos parecidos.
Poco a poco la exclusión me llevó a ser más introvertido y callado, y a descargar mi frustración en mi arte, porque el maldito PR de “caer bien” no había funcionado. Pero al final, si todo pasaba por debajo del agua, ¿quién me creería? Yo no cedería a dejar mi lugar feliz, y a cambio sufría del bullying silencioso de una duenda adulta que disfrutaba más del dinero de su negocio que del mismo arte.
Claro todo como fruto del sistema donde al final solo somos números en una chequera; aunque mi problema no era ese, sino que mi acosadora no podía permitir que alguien le opacara o llamará la atención: si no era ella, no era nadie.
En otra era, donde me creía el duende más engreído y conocedor, me encontraba en el mundo de las finanzas. Carmen, mi jefa, me adoraba, siempre me recibía con una sonrisa y todo me lo dejaba a mí. Me sentía tan fascinado, que estaba convencido que mi excelente trabajo me llevaría a la cima, sin dudarlo decía que sí a todo, me llevaba a comidas elegantes y costosas y yo invertía mis pocas ganancias en mi imagen.
Después de todo habría rendimientos muy pronto, o eso creía.
Un buen día entre risas y “buenas intenciones”, Carmen se me lanzó en una fiesta de navidad; ya saben que el alcohol y los buenos deseos de fin de año no son buena combinación. En ese momento, mi yo real, el que odiaba ser invadido en su espacio personal, brinco y sin pensarlo la quite abruptamente; al instante noté que había actuado en automático, cambie de nuevo mi expresión y, tratando de sonar lo más amable posible, la rechacé.
Todo cambió, poco a poco deje de ser el responsable, el especial, ya no iba a comidas y un buen día, bajo un elaborado plan, me despidieron injustificadamente. No importaba todo ese Networking que durante años había trabajado, pues a todos les importa lo que les interesa, valga la «rebuznancia», y nunca importa quién sea, pues solo importa el yo…
Las amistades que compras en el mercado social son desechables, y hasta ahora para mi, jamás han funcionado, no importa qué hagas, el resultado siempre será el mismo.
El mundo está romantizando las relaciones humanas para fines estratégicos de negocios futuros; lo que no dicen es que parece ser otro esquema piramidal de negocio que no desaparece y solo cambia de nombre conforme a la generación actual.

Comentarios
Publicar un comentario