TAN CRUDA COMO LA CEBOLLA

 

Cebolla blanca con reloj analógico tipo bomba de tiempo sobre tabla de picar, cuchillo de cocina y delantal retro floral. Metáfora visual sobre maternidad real y presión social.


Y hablando de romantizar el marketing, tenemos una festividad cercana a la anterior en algunos países: el Día de la Madre, donde el calendario nuevamente nos dice que debemos celebrar a nuestra progenitora. 



Más de uno nos hemos preguntado —pero ¿por qué necesitamos una fecha para celebrarlo?—. 



Si nos vamos a escarbar en el pasado y en la historia, es precisamente por eso; como muchas celebraciones, la historia la ha impuesto, pero mi pregunta es más bien del tipo retórica. 



Es triste que la mayoría no lo haga simplemente porque le nace del corazón y no solo porque esté marcado. Hay que aceptarlo: es mucho más fácil seguirlo como un bullet a tachar en nuestra lista de tareas dentro de una agenda. 



Aun así, recordemos que no siempre, solo por ser nuestras madres, son perfectas. Al final, son duendecillas; duendecillas que por siglos no eligieron ser madres o amas de casa; duendecillas que tenían sueños y para quienes, quizá, ser madres era lo último en su lista de deseos por realizar. 



Si bien es cierto que era natural reproducirse, con toda la evolución de pensamiento e igualdad de oportunidades —y ya ni hablemos de los géneros—, las duendecillas en algunos lugares deciden retrasar esa tarea, algunas ya la descartan de la lista y otras ni siquiera lo consideraron. 



Mi última progenitora vivió en la época en la que no había mucha igualdad de género y, si bien había opciones a elegir, lo más común para la madriguera donde estaba era ser madre. Se casó muy joven por amor y formó una familia, pero siempre estuvo latente su necesidad de volar y conocer el mundo. 



Su ambición fue tal que apenas enviudó, aun cuando ya estaba entrada en edad, quiso renacer como fénix volviendo a ese mundo que le faltó explorar. Entró a estudiar una carrera, se fue a hacer espiritualidad al bosque, compraba absurdamente… en fin, vivía sin pensar en el mañana —después de todo ya no importaba nada, era su reinicio de vida—.

 


Ella había vendido todo lo material que tenía y, al cabo de unos meses, se quedó sin nada. Pensaba que si volvía a empezar, lo disfrutado sería su tesoro; como una quema de libros de historia que solo son recuerdos y nada más. 



Ella nunca miró atrás; aunque a sus hijos y nietos les preocupaba su futuro, ella no escuchaba a nadie —y quién podría culparla, nadie se atrevería siquiera a juzgar—. 



Suena como un final feliz, ¿no? Pero siempre hay una trampa: pues nunca terminó de sentirse satisfecha. Esa parte que la complementaba se fue y no hay nada con que pueda sustituirla. No es culpa de nadie, así le tocó crecer; le enseñaron que así debía ser y cuando quiso romper el sistema, no se sentía igual. 



¿Qué es lo que no funcionó? ¿La edad? ¿El tiempo? ¿La época? ¿O ella misma? 



Había otra duendecilla que conocí; ella siempre fue lo que llamamos “el alma de las fiestas". 



Desde siempre llamaba la atención por doquier; todas querían ser sus amigas y todos querían salir con ella. Era una duendecilla que, al parecer, no tenía dificultades muy grandes y siempre vivió su vida al máximo: salía, se divertía; podría decirse que lo tenía todo.

 


Cuando platicábamos del futuro, ella siempre expresó que no quería ser madre, que se cuidaba

demasiado porque le gustaba disfrutar sin ninguna atadura. Hasta que un día, en una consulta rutinaria con su doctor, se enteró de que no podía ser madre. 



Eso la dejó en shock. Por semanas nadie la veía y no se sabía nada de ella. Pasado el tiempo la encontré de nuevo y charlamos de aquella época. Me confesó que, a pesar de que ella no quería ser madre, el saber que no podría serlo nunca, la rompió de una forma que jamás imaginó. 



No volvió a ser la misma y, aun cuando siempre trato de verse feliz, yo sabía que cargaba a cuestas una máscara que difícilmente podría quitarse; pues, al final, nunca fue su elección. 



Elecciones. Es una carga muy difícil cuando uno nace como duende mujer. Independientemente de tu orientación sexual, no siempre depende de ti la elección de concebir o no. 



Había otra duendecilla que conocí que nunca habló sobre su postura ante ello, pero que al quedar embarazada de su primer hijo lo aceptó al instante como madre abnegada, pues su religión le dictaba que no podía interferir con el "milagro" concebido. Sin embargo, ella era joven, con muchos sueños e ilusiones, pero mostraba su careta de felicidad y aceptación por el embarazo inesperado. 



Llegó su segundo hijo, no sin antes pasar por miles de tribulaciones; forzó al duende padre a casarse por fin con ella, pues antes él no había estado dispuesto. Y cuando lo consiguió, no tardó mucho en revelarse lo inevitable: problemas, pleitos… se sentía como una familia forzada todo el tiempo. 



En una ocasión ella confesó que no quería ser madre; le dolía pensarlo, pero no lo quería. Hasta hubo un tiempo en que abandonó a sus hijos con el padre, pero no resultó del todo bien; los pobres hijos duendes estaban peor con él, que con ella y, como dicen: ¿qué culpa tienen las criaturas? 



Al final de esta trágica historia, la duenda volvió en sí. Comprendió que ya no podía regresar al pasado, aceptó de nueva cuenta como madre abnegada su responsabilidad y, por amor a los duendes que había traído al mundo, los acogió de nuevo, buscando ser la madre que no quiso ser, pero que debía ser. 



Así conocí otras tantas duendecillas que se casaron por quedar embarazadas; algunas son felices, otras fingen serlo; otras tantas optaron por detener el ciclo en su momento, pero cuando lo quisieron ya no pudieron; y otras cargan en su consciencia con los hijos que pudieron tener pero que, por inmadurez, no tuvieron. 



Cuando hablan sobre el derecho a la vida, yo me pregunto si en realidad es nuestro derecho, o si realmente estamos eligiendo. Es una maldita opresión el tener que pensar en algo que invariablemente va a suceder como una bomba de tiempo que late bajo tu piel, con la incertidumbre de cuándo y qué quedará de nosotros en el estallido inevitable.

 


Si la vida fuera sencilla, supongo que no sería divertida. 



Por lo que antes de festejar o celebrar, deberíamos acercarnos a esas madres mucho antes de que el calendario lo marque; antes, cuando aún hay tiempo, y saber si necesitan algo más que un "Feliz Día de la Madre" o un obsequio. 



Puede que cualquiera de esos no sea un regalo necesariamente para ellas. 


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