OTRO CUENTO DE CONSANGUÍNEOS SIN FINAL FELIZ

Duelo de consanguíneos

¿Cuántas veces la vida nos ha advertido no tropezar con la misma piedra y, aun así, elegimos la caída? Esta es una de tantas anécdotas en las que, sabiendo que el fuego quema, siempre vamos a meter la mano. ¿será que nuestro ser confunde la llama de la derrota con una hipnotizante locura? Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena. Les contaré cómo los seres vivos confiamos tantas veces que, si nos observamos como externos, nos hartaríamos de vernos; incluso, no seríamos amigos de nosotros mismos.



Desde pequeño me enseñaron a compartir porque "eso era bueno", a que el amor todo lo puede porque "eso es ser bueno", a dar siempre sin recibir nada a cambio y a que no importa qué tanto daño te haga un familiar ventajoso porque, al final, somos de la misma sangre, ¿no? Seguramente conocen los dramas y matanzas entre consanguíneos: la historia y la literatura nos lo advierte desde Edipo y Yocasta, pasando por los Borgia y los Tudor, hasta Hamlet o Bodas de sangre, por nombrar algunos.



En esta historia había un hermano. Era el mejor: me protegía, jugaba conmigo, siempre estaba para mí... o eso creía. Sin darme cuenta, siempre había un interés de por medio. Situaciones normales como: «cámbiame tu postre porque el tuyo es más grande», «ese peluche está lindo, se lo daré a mi novia» o «esa chaqueta se me ve mejor a mí». Yo no veía nada malo; pensaba que así debía ser, pues yo era el típico escudero y patiño de mi hermano mayor.



Llegó la época difícil. Ya no había juegos; escuchábamos música y hablábamos de jóvenes duendecillas. Me era fácil contarle mis secretos a mi hermano, pues creía plenamente en él y un buen día empezaron los comentarios extraños que me hacían dudar de su amistad sincera. A veces, me decía:


—Oye, te ves muy bien —y de repente lanzaba su veneno—: para un duende cara de cerdo.


No me malinterpreten, sé aguantar una broma, pero los comentarios los hacía frente a mis amigos, mi familia y, una vez, ante toda la escuela en la graduación. Parecían bromas sin importancia, pero a eso se sumó que, sin razón aparente, me faltaban objetos muy personales, ya saben esos "tesoros" que guardamos cuyo valor era mucho más que material.



Mi hermano conoció a una duendecilla que lo traía loco. Fueron novios, terminaron y regresaron un millón de veces. Yo hacía de mensajero cuando peleaban y entregaba cartas de amor; era un fastidio y ya estaba perdiendo la paciencia, pero, por alguna extraña razón, seguía accediendo a sus absurdos mandatos. Cual si fuese una lechuza duendil del correo... ahora entiendo a Hermione.



Una vez, sucedió algo muy extraño; la duendecilla me dijo:


一 Tu hermano no es lo que tú crees.


Al principio no le creí, pero sembró una duda tan grande que no supe qué hacer. Con el tiempo, la hermandad se quebró. Las bromas subieron de tono hasta volverse burlas malintencionadas, acusaciones falsas y tramas más elaboradas. Me ponía trampas con mis padres y siempre se salía con la suya. Llegué a mi límite, pero, aun así, cuando buscaba ayuda, yo siempre acudía.



Pasaron diez años. Éramos duendes adultos. Ya todo había quedado en el pasado, pero uno nunca olvida: el rencor se adhiere a la sangre como gangrena que se esparce. Ya no éramos cercanos; nuestro lazo de hermandad pasó a ser simplemente: «Ah, sí, creo que tú vivías en mi madriguera».



Sentado en mi viejo sillón, escribía las invitaciones para mis próximas nupcias y repasaba una y otra vez nuestra historia; me preguntaba qué clase de hermano, cruel y vil, sería si no lo invitase. Mi futura esposa, quien conocía todo el drama, insistió: —Si las cosas pasaron hace tanto, seguro él también ha madurado.



Era el invierno antes de la boda. Visitamos a mis padres para contar detalles de los preparativos y llegó él. Iba muy bien vestido; entró con ese aire de superioridad de quien lo tiene todo. Nos observó y se sentó a la mesa. Parecía que el disgusto se había esfumado, así que me relajé. 



Meses antes supe por mamá que a mi hermano no le iba bien: tenía deudas de juego, un divorcio a cuestas y una nula relación con sus hijos. Empezó a pedir dinero a toda la familia, inventando historias cada vez más absurdas para conseguirlo y, aunque yo resentía el pasado, seguía ayudandolo.



A una semana del gran día,  encontré a un gran amigo de la infancia. Estuvimos conversando por horas entre recuerdos de antaño y carcajadas cuando, de repente, como si se atragantara, soltó una verdad que me carcomió desde la sien hasta los pies:


—¿Recuerdas a su ex, con la que hacías de Celestino? Tu hermano anda contando que el invierno pasado, cuando fuiste a la madriguera, te quedaste de ver con ella. Dice que siempre la has amado, que engañas a tu prometida y que por tu culpa él no fue feliz… y eso no es todo, él…


—¿Qué cosa? ¡Dilo ya! —Él dice que todo lo que tienes es su vida. Que tú le has robado, que tu prometida es igualita a su ex y que ¡te casas con ella solo para fastidiarle!


Me quedé en shock. La magnitud de tales mentiras me dejó sin aire; cada palabra era una pieza de una ficción que solo él había imaginado. Años después me enteraría de que,  mi hermano, sí, vivía  esa realidad paralela. 

—Perdona, yo… —titubeaba mi amigo, asustado, apenas mascullando—. Lo siento, pero tenías que saberlo.

Y salió corriendo de ahí.

En ese momento me resonó, como un eco ensordecedor, aquella frase de la duendecilla: «Tu hermano no es quien tú crees». Los fantasmas de la intuición, que siempre me rondaban y cuyas voces apagué por años escondiéndolas bajo la alfombra del desdén, por fin me habían abierto los ojos. Ya no escucharía la horrible duda de mi estúpida programación; esa que me decía que, solo por ser consanguíneos, él no sería capaz de tales calumnias. Al final, él era como cualquier otro duende mortal.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MALDITO MUNDO HERMOSO

EL ECO DE LA DEUDA: FACTURA DE UNA GRATITUD FORZADA

EL OPIO DEL GLAMOUR