MALDITO MUNDO HERMOSO

Todo surgió hace no más del tiempo que he vivido aquí, mucho más de lo que puedo recordar y, definitivamente, más de lo que nadie puede soportar. Como el tiempo es tan relativo —cosa curiosa de la que ya hablaremos después—, voy a contarles de mi primer destello feliz en este viejo planeta tan fastidioso en el que me ha tocado estar.


Y bueno... es que yo no pedí nacer. ¿Cómo no iba a fastidiarme nacer en una madriguera llena de seis duendes mugrosos? Me tocó el último y horroroso turno: el número seis. "¡Es un número par, qué bonito!", decían. Ahora sé que todo fue una trampa vil y cruel. No me malinterpreten, estar rodeado de otros duendecitos con quienes jugar es maravilloso, pero en aquella época se sufrió bastante. Era como estar en una telenovela mexicana o en un dorama; es más, deberían prohibir la reproducción inconsciente.


El calvario de la familia numerosa es, básicamente, un ejercicio de reciclaje humano. No hace falta mencionar nuestro estatus social, solo les diré que era un 'Malcolm el de en medio' cualquiera, pero con duendes en madriguera latina. Ser el último duendecillo significa vivir en un mundo de sobras: heredas los zapatos gastados de dos, tres o hasta cuatro pies anteriores; las toallas deshilachadas y... ¿sandalias de baño? Olvídalo, eso no existe; tus sandalias son tus propios pies y solo tienes los zapatos del colegio. Y como remate musical, recibes una colección completa de traumas de segunda o tercera mano.


En un entorno tan "únicamente basto", no tienes propiedad privada. Ni siquiera tu nombre te pertenece; siempre hay un duende gandalla que decide rebautizarte con un apodo humillante que se pega a tu piel más que la mugre, ignorando el esfuerzo de mi progenitora al elegirme uno. Aunque, para ser honestos, de los dos que me dieron solo uno me agradaba, y el esfuerzo no fue tanto: al último hijo le pusieron el nombre como ofrenda de redención y moneda de cambio... pero no entremos ahora en el trauma de los nombres.


Y ni les cuento cuando se arman las banditas y uno, el menor, queda en medio. Tanto zape, pellizco, mazapanazo y traición. Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, y a veces uno se pregunta si la muerte estaría tan mal. Pero a pesar de todo, uno aguanta hasta el final porque nos queremos, ¿no? Nuestra cultura dice que el amor todo lo puede; por eso, después de tanto batallar, yo creo que a este mártir algo le deberían dar.


En fin. Después de recorrer varias aventuras y vivir en diversas épocas con cada duendecillo (que ya les contaré), un buen día encontré el refugio a mi penar, una luz en el camino. Y es que eso de ser positivos y buscar siempre el bien no se me da del todo; soy de los que pueden odiar hasta su propia sombra, que siempre está jodiendo con mostrarme quién soy. Aun así, creo que en mi ser habita la bondad.


Así llegué a esa maravillosa y fastidiosa felicidad terrenal: el día que vi, con mis propios ojos, que por primera vez era bueno en algo que nadie más podía. Algo que no se me había heredado, que yo solito había conseguido y que, sobre todo, era elogiado por la comunidad.


Por primera vez había ganado un torneo de ajedrez... 


¡Ay, sí, sí! Ya sé que da pereza que les eche todo este choro sobre mi niñez. Pero estimado lector, el inicio en este planeta siempre es nacer, crecer, vivir y morir. Yo también lo odio, pero créanme que tiene un sentido. Fue un acto de predestinación: mi inicio en este mundo maravilloso fue desde la infancia, aunque en ese momento no me diera cuenta.


Más adelante retrocederemos aún más en el tiempo. Por ahora, quiero que vean cómo la mugre vida me daba una satisfacción absurda para algunos, pero con mucho mérito para otros. A los doce años humanos, experimenté la presión de ganar ante más de veinte alumnos de entre trece y quince años en uno de los juegos de estrategia más complejos del hombre. Ya sé que no es tan impresionante como Gambito de Dama en Netflix, ni que fuera yo el próximo Bobby Fischer, pero hace casi treinta años, en el poblado escondido de mi madriguera, eran pocos los que practicaban ese deporte.


Ese día me sentí el duendecillo más feliz de mi pequeño planeta. Sigo maldiciendo este mundo, pero en aquella ocasión pude apreciar una de las cosas que lo hacen hermoso: la increíble satisfacción que te da un logro propio. Era solo mía y nadie me la podía quitar... aunque la sonrisa me duró muy poco...


Comentarios

  1. Me gusto mucho la trama, la narración y sobretodo el sentimiento que transmite el autor. Me encantó 💕

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