MALDITO MUNDO HERMOSO (Parte II): El eco del tablero
La resultante de aquel logro, efímero como un suspiro, fue que, henchido por la hazaña, me sentí valeroso para atacar todos los tableros del poblado. Seguro de mis destrezas, me inscribí en otro torneo; uno de verdad, con premio en efectivo y todo. ¿Qué esperaban? Todo duende merece un par de zapatos nuevos.
Error, cual fue mi sorpresa al enfrentarme a una partida rodeada de viejos duendes snobs y niños mimados y antipáticos. La presión fue tal que mi mente me saboteó; mi valentía me abandonó, me acobarde tanto que me sentí derrotado desde el primer movimiento.
El pequeño contrincante no era más alto que yo, con su cara ufana y su ropa de tienda departamental. Si hubiese sabido que la posición social no tiene nada que ver con lo que habita en el cerebro... pero, desafortunadamente, este pequeño duende se intimidó. No podía pensar con claridad. El reloj marcaba cada estocada y, así como el suspiro alegre de mi torneo anterior, la claridad se desvaneció al instante. En un abrir y cerrar de ojos, la última jugada que anoté: ++ Jaque mate, el solo hecho de escribirla fue tan irritante como sofocante.
Se terminó, era todo, el final de la historia, no había tiempo para llorar. Solo quedaba el eco de ese tablero, que resonaba en mi cabeza, la mirada incrédula de mi contrincante y, sobre todo, un vacío en mi ser. Mi corazón palpitaba, mi boca estaba seca. Quería gritar y arrancarle esa mirada estúpida del rostro, simplemente no entendía cómo había sucedido. Aunque mi mano escribía cada jugada, mi mente estaba en blanco; había estado en automático durante toda la partida.
No hice nada. Le di la mano, tiré la pieza, tomé mi hoja y me retiré. Caminé decidido y sin agachar la mirada hacia la salida; buscaba refugio con mis acompañantes, esos que no habían podido entrar porque el recinto era "demasiado exclusivo". No pensaba mirar atrás.
De repente, escuché la voz de un viejo duende llamándome: ¡Vættr! ¡Vættr, vuelve!
Estaba eufórico, estupefacto, circunspecto, atónito y sin aliento, pero con un aire de esperanza, como cuando el héroe de la historia consigue ese final épico.
me dijo:-¿anotaste todas las jugadas de la partida? -Sí- respondí devastado. Ya saben ese balde de agua fría que nunca quieres sentir en el invierno.
—¿Anotaste todas las jugadas de la partida? —me preguntó. —Sí —respondí, devastado; sintiendo ese balde de agua fría que nadie quiere recibir en invierno.
—¿Las de tu compañero también, verdad? —Sí —solté, casi inaudible. —¡Perfecto! ¿Podrías dejar tu hoja?
Sucede que ese insípido fruto de la fortuna, ese heredero de la mediocridad, ese pedazo de duende cara de orco sin cerebro no había anotado sus jugadas y no podían comprobar su victoria sin mis notas...El tipo ni siquiera sabía cómo había ganado.
Volví con los míos sin decir mucho; les pedí que arrancaran el auto y nos alejamos de ahí enseguida.
El eco de ese tablero me hizo darme cuenta de que no luché contra un imberbe futuro snob; aquella noche comprendí que la verdadera lucha era con aquel que veía en el espejo: ese tonto que prefiere pelear con su sombra antes que ser molestado por los seres que habitan fuera de su madriguera..
…“Volveré cuando mi estúpida mente me haga volver, buscando soltar las rabietas de mi vida”.

Wow, como es verdad que al final de las cosas nosotros mismos somos los que nos saboteamos y nos ponemos el pie.
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